Deconstruyendo el género

Deconstruyendo el género

 

Introducción

“Darnos cuenta del modo como hacemos las cosas no es la única manera de vivir; puede sacudir nuestro etnocentrismo de manera saludable. También puede obligarnos a preguntar por qué ahora las cosas están como están” (Weeks, 1998, p. 21)

El tema del género está mucho en boga debido a la voz que ha alcanzado la lucha feminista. Cuando hablamos de perspectiva de género nos referimos básicamente a las mujeres, a una derivación del feminismo que “critica la concepción androcéntrica de humanidad que dejó fuera a la mitad del género humano: a las mujeres” (Lagarde, 1996, p. 13). Hoy en día casi conocemos género como un sinónimo de mujeres, ya que “la búsqueda de la legitimidad académica llevó a las estudiosas feministas en los ochenta a sustituir mujeres por género” Scott en (Lamas, 2013, p. 329). Sin embargo, es una visión crítica que busca en los ámbitos de las políticas públicas, resignificar la construcción social y cultural de las mujeres y reconocer el poder favorable a los varones. “La creciente utilización de la perspectiva de género […] ha permitido […] la visibilización de las mujeres […] pero ha traído también […] tendencia unilateral de la perspectiva en el análisis exclusivo de las mujeres” (Lagarde, 1996, p. 17). Esto ha generado grandes avances, pero también lo ha reducido a un concepto asociado con el estudio relativo a estas (Lamas, 2013).

Teoría de género, en cambio, es un término que en consenso se reconoce fundado por la antropóloga estadounidense Margarita Mead (1901-1978) y resaltado en 1949 en el libro El segundo sexo de Simone de Beauvoir (1908-1986), que más adelante será acuñado en Estados Unidos. Hace referencia a una teoría sobre el rol social atribuido a cada sexo, así como la jerarquización en las relaciones entre hombres y mujeres.

El presente artículo es un intento de deconstrucción de lo que es el género en sí. No está enfocado a una perspectiva de género feminista, ni pone acento en la jerarquía en que predominan los hombres. Aunque mucha de la bibliografía es feminista, por ser este rubro el que ha entrado en este debate, no es mi interés hablar de género relativo a las mujeres, sino a los roles asignados a ambos sexos. Trataré género como el “modo de decodificar el significado que las culturas otorgan a la diferencia de sexos…” (Lamas, 2013, p. 332)

Es un cuestionamiento de lo que es el género y cómo afecta a todos los individuos por igual. La psicología de género ha estudiado el desarrollo de la masculinidad y la feminidad a partir de las diferencias sexuales. Dentro de algunos feminismos existe el debate sobre seguir utilizando el género, y dicha filosofía lo enfoca casi siempre desde la implicación que tiene el lenguaje en la construcción subjetiva femenina. Aquí intentaré cuestionar no sólo lo que pasa con las mujeres al cumplir estos roles, sino también lo que se hace a los hombres, a la masculinidad. Entendiendo deconstrucción como “desestructuración, descomposición de las estructuras conceptuales de un sistema, así como también la desocultación de los sistemas de significación” (Bach), es decir desestructurar y descomponer el sistema que ha generado que signifiquemos los conceptos de determinada manera. Este término fue utilizado por el filósofo postestructuralista Jaques Derrida (1930-2004) que buscaba criticar, analizar y revisar los conceptos para quitarles la esencia que ponemos en ellos por medio de sistemas de significación no reflexionados, “mostrando así contradicciones y ambigüedades” (Real Academia Española, 2019).

Para deconstruir el género analizaremos en primer lugar cómo sexo y género están ligados entre sí, haciendo que visualicemos el género cómo si fuera algo natural y, como consecuencia, generemos rigidez de roles establecidos en cada género y el daño que podemos hacer con ello. En segundo lugar examinaremos la perspectiva dual del sistema sexo-género y la posibilidad de salir de un sistema binario donde sólo hay dos géneros. En tercer lugar profundizaremos si sexo y género son biología o cultura, en otras palabras, revisar si es algo con lo que nacemos o algo que aprendemos. Finalmente reflexionaremos en qué puede consistir la diversidad a partir de la deconstrucción del género que aquí se propone.

 

Sexo y Género

La primer reflexión que me interesa generar es distinguiendo hasta dónde llega el sexo y dónde empieza el género. Qué es biológico y por lo tanto inamovible y determinista; y qué es cultural y por lo tanto flexible y modificable como las minorías solicitan.

Para los griegos de la antigüedad, el pensamiento era que existía un sólo sexo, la vagina de la mujer era vista como un pene hacia dentro, por lo tanto, al hablar de hombre o mujer, en realidad se hablaba de género “Ser hombre o mujer era tener un rango social, un lugar en la sociedad, para asumir un papel cultural, no para ser orgánicamente uno o el otro de dos sexos inconmensurables” (Laqueur, 1992, p. 8). Todavía en el siglo XVI se pensaba lo mismo y cuando se hablaba de sexo, en realidad se seguía haciendo referencia al género. “El primer uso del término ‘sexo’ en el siglo XVI se refería precisamente a la división de la humanidad en el sector masculino y el sector femenino” (Weeks, 1998). Hasta el momento de la Ilustración (mediados S. XVIII y principios XIX), se definió que existían dos sexos. Dichos términos fueron evolucionando, y es hasta el siglo XIX, donde hubo la intención de diferenciar lo biológico de lo cultural y se distingue entre sexo y género, culminando en los 70 cuando el feminismo académico anglosajón utiliza el término categoría de género (Lamas, 2013) (Scott, 1990) con el objetivo de enfrentar el determinismo biológico.

Hoy en día el sexo y el género definen nuestra identidad, clasificándonos como hombres y mujeres, masculinos y femeninos. (Lamas, 2013). En teoría, el sexo tiene que ver con la biología, y el género con lo cultural. “El sexo es una categoría asociada a características biológicas que tienen las personas. De este modo, se establece la división hembra-macho, unas categorías deterministas que no cambian a través del tiempo ni de las culturas” (Emakunde-Instituto Vasco de la mujer, 2008, p. 21). Las características biológicas que determinan el sexo, son el órgano reproductor interno (utero y ovarios, o próstata) y externo (genitales), generalmente conocidos como los órganos sexuales y que nos distingue popularmente entre hombre y mujer. “Tener un pene o no lo dice todo en la mayoría de las circunstancias, […] las mujeres menstrúan y lactan, los hombres no; las mujeres tienen un útero que tiene hijos, y los hombres carecen de ambos, el órgano y la capacidad” (Laqueur, 1992, p. viii). El género en cambio se refiere “a las características de las mujeres y los hombres definidas por la sociedad, como las normas, los roles y las relaciones que existen entre ellos. Lo que se espera de uno y otro género varía de una cultura a otra y puede cambiar con el tiempo” (WHO, 2015). La antropología, especialmente Levi-Strauss (1908-2009) ha mostrado que las sociedades tienden a separar lo natural de lo cultural y esto no es la excepción, estamos hablando de naturaleza en cuanto al sexo (anatomía, cromosomas) y de cultura en cuanto al género (identidad y roles).

Hay que tomar en cuenta algo importante, a lo largo de la historia, sexo y género fueron mezclados e indistinguibles, y hoy en día el género se determina según el sexo. Al macho, con biología de hombre le corresponde el género masculino y por lo tanto roles y normas masculinas, de hombres. Igualmente a la hembra, con biología de mujer le corresponde el género femenino y por lo tanto roles y normas femeninas, de mujeres. Sexo y género están completamente ligados y con ello podemos perder lo cultural del género, y todas las características y roles que fueron creados por la sociedad, van adquiriendo con el tiempo la sensación de ser “naturales”. Creemos que hay roles que son naturales a los hombres y roles que son naturales a las mujeres. Esto ha ocasionado que algunas personas al hablar de sexo y género, confundan, intercambien, o ni siquiera conozcan sus diferencias; refiriéndose por igual a un hombre o lo masculino, y a una mujer y lo femenino.

En 1975 Gayle Rubin (1949) una antropóloga cultural, activista y teórica en políticas de sexo y género, acuñó la expresión “sistema sexo/género” (Cala Carrillo & Barberá Heredia, 2009) (Laqueur, 1992) (Lamas, 2013) definido como un “conjunto de arreglos por los cuales una sociedad transforma la sexualidad biológica en productos de la actividad humana…” queriendo mostrar que cada cultura tiene su propio sistema ‘sexo/género’ generando culturalmente roles a los sexos (Lamas, 2013, p. 14), “una manera propia de organizarse por la cual el material biológico ‘curdo’ del sexo humano y de la procreación es moldeado por la intervención social y satisfecho de acuerdo con ciertas convenciones” (Lamas, 2013, p. 14). Hoy en día podemos tomar en cuenta la distinción de Sherry Ortner (1941) antropóloga feminista, que especifica que “las relaciones de género siempre se sitúan, al menos, en una de las líneas fronterizas entre naturaleza y cultura: el cuerpo” (Ortner, 2006, p. 18) y utiliza la expresión de “lo dado” para lo biológico, afirmando que “lo que es el género, lo que los hombres y las mujeres son… no reflejan o elaboran simplemente sobre ‘lo dado’ biológicamente, sino son en gran parte productos de procesos sociales y culturales” (Laqueur, 1992, p. 12).

Los teóricos de género afirman que en estas diferencias hay un asunto político-económico, no es mi interés mostrar una historia sobre la composición del género ni profundizar en este asunto; únicamente reflexionar sobre cómo a veces como sociedad obviamos diferencias naturales y culturales. La biología, en otras palabras, está restringida por las normas culturales tanto como la cultura se basa en la biología. (Laqueur, 1992, p. 142)

 

La biología

Existen diferencias genéticas que afectan las apariencias físicas; hay hormonas femeninas y masculinas –aunque tanto ovarios como testículos producen las 3–, y diferencias cromosómicas; pero debemos tomar en cuenta que toda esta información se elabora según códigos culturales que establecen lo apropiado a dichas diferencias, dándoles significados sociales (Weeks, 1998) (Castañeda, 2014). El historiador y sociólogo especializado en sexología, Jeffrey Weeks (1945), señala tres formas conservadoras en que la sociobiología explica las diferencias de género y que podríamos poner en duda. La primera es lo que llama “argumentación por analogía”, es decir que desciframos nuestra civilización observando a los animales salvajes; la segunda la define como “la tiranía de los promedios”, cuando se dice que si en promedio los hombres pueden ser más activos sexualmente, puede tener que ver con los genes; y en tercer lugar “la hipótesis del agujero negro”, si todo lo demás no explica un fenómeno humano, entonces debe haber una explicación biológica. “No pretendo minimizar la importancia de la biología, [pero] también puede tener algo que ver con la cultura” (Weeks, 1998, p. 54). Ni somos solamente animales, ni los promedios de comportamiento son biológicos, ni mucho menos todo lo no explicable. Además de animales, somos seres culturales y sociales.

Al haber establecido un sistema donde el género depende del sexo biológico, socialmente hemos establecido un sistema de roles masculino y femenino rígido y determinante por la biología; “dicho sistema, basado en una diferenciación rígida de roles y expectativas en función del sexo, tiene también sus costos para los hombres” (Emakunde-Instituto Vasco de la mujer, 2008, p. 14). Socialmente discriminamos a las mujeres y limitamos a los hombres. El llamado sexo biológico no proporciona una base sólida para la categoría cultural de género, pero constantemente amenaza con subvertirlo. (Laqueur, 1992, p. 124)

La psicología realizó investigaciones denominadas psicología de género buscando el desarrollo de la masculinidad y la feminidad a partir de las diferencias sexuales; y en los ochenta la psicóloga Sandra Bem (1944-2014), genera la hipótesis de la androginia psicológica, que afirma que cualquier persona desarrolla en mayor o menor medida rasgos tanto masculinos como femeninos, esto delimitó la diferencia entre sexo y género.

 

La psicología

En 2009 las psicólogas Cala Carrillo y Barberá Heredia publicaron un artículo sobre la evolución de la perspectiva de género en psicología, donde se muestra una enorme diferencia en las afirmaciones que hace la biología (Cala Carrillo & Barberá Heredia, 2009)

Para ellas, la psicología ha cambiado su enfoque pasando por tres verbos: ser, creer, hacer.

  1. Ser: el sistema sexo/género como algo inherente a la persona. En los sesenta y setenta se publicaron estudios sobre la diferenciación psicológica intersexual, buscaban las diferencias entre hombres y mujeres, y generaron la visión de que tenemos diferencias sólo por ser hombres o ser mujeres. Estudiaron el cerebro, capacidades físicas, coeficiente de inteligencia, habilidades cognoscitivas, comportamiento, conductas sociales, aprendizaje, memoria, temperamento, agresividad, etc. Pero a principios de los 80 se hicieron revisiones meta analíticas, encontrando que las investigaciones solían ser heterogéneas, estaban mal representadas por un único promedio, y las investigaciones que destacaban más diferencias, tenían que ver con años específicos de publicación, así como edad y sexo del investigador. Es decir, conforme avanza la fecha de publicación y los investigadores son mujeres, las diferencias entre géneros decrecen. Los resultados de estas últimas investigaciones demuestran que en el sistema sexo/género interactúan factores contextuales y sociales que se deben tener en cuenta. “La conclusión final a la que se llega es que hombres y mujeres son semejantes en la mayoría de las variables psicológicas, proponiendo así la hipótesis de similitud de género” (Cala Carrillo & Barberá Heredia, 2009, p. 94)
  2. Creer: el sistema sexo/género como construcción psicosocial. Refiere a investigaciones de la psicología social y socio-cognoscitiva sobre el papel que ejercen los estereotipos de género en el comportamiento humano. Se avanzo de afirmar que las persona “son” sexo/género a ser algo que las personas “creen”, y es sólo una categoría que surge en cualquier contexto cultural y social, un esquema asociado con cada sexo desarrollado mediante procesos de aprendizaje, es decir se aprendió a codificar la información dividiendo el mundo en masculino y femenino.
  3. Hacer: el sistema sexo/género como interacción social. Se etiqueta con la expresión inglesa doing gender, y estudia el proceso de constitución de los significados y el contexto social en que se lleva a cabo. Es un actuar que ocurre a distintos niveles:
    1. Sociocultural: una ideología mediante estereotipos presentes en medios de comunicación, estructuras familiares, laborales y el conocimiento científico.
    2. Interactivo: las claves de género generan comportamientos distintos en las interacciones sociales con hombres y con mujeres; por ejemplo se demostró que los padres hablan distinto a los niños y a las niñas.
    3. Individual: hombres y mujeres aceptan la distinción como parte de su identidad y adoptan actitudes y comportamientos adecuados según las normas de su cultura.

 

DSM

En el Manual Diagnóstico y Estadístico de los trastornos mentales DSM IV, existe una sección sobre trastornos mentales asociados a trastornos sexuales y de la identidad sexual; donde incluyen las disfunciones sexuales (alteración del deseo sexual), las parafilias, impulsos sexuales intensos y recurrentes, fantasías o comportamientos que implican objetos, actividades o situaciones poco habituales) y junto con ellos, los trastornos de la identidad sexual (una identificación intensa y persistente con el otro sexo, acompañada de malestar persistente por el propio sexo). (American Psychiatric Association, 1995). Sin embargo estos últimos síntomas tienen más que ver con el género que con lo biológico:

En los niños […] pueden preferir vestirse con ropa de niña o mujer; […] usan toallas, delantales, pañuelos de cuello para representar faldas o pelos largos. […] les gusta especialmente jugar a mamá y papá, dibujar chicas y princesas bonitas, y mirar la televisión o los vídeos de sus ídolos femeninos favoritos. A menudo, sus juguetes son las muñecas (como Barbie), y las niñas constituyen sus compañeros. […] Evitan los juegos violentos, los deportes competitivos y muestran escaso interés por los coches, camiones u otros juguetes no violentos, pero típicos de los niños […]

Las niñas con trastornos de la identidad sexual muestran reacciones negativas intensas hacia los intentos por parte de los padres de ponerles ropa femenina o cualquier otra prenda de mujer. Prefieren la ropa de niño y el pelo corto. […] Sus héroes de fantasía son muy a menudo personajes masculinos fuertes, como Batman o Superman. […]Prefieren tener a niños como compañeros, con los que practican deporte, juegos violentos y juegos propios para niños. Muestran poco interés por las muñecas […] (American Psychiatric Association, 1995, pp. 545-546)

En el DSM-V publicado en 2013, la sección se llama Disfunciones sexuales e incluye “Los trastornos del desarrollo sexual [que] denotan desviaciones somáticas de la normalidad innatas al aparato reproductor y/o discrepancias entre los indicadores de varón y mujer” (American Psychiatric Association, 2014, p. 451). Pero a partir de este momento se genera una distinción donde “sexo y sexual se refieren a los indicadores biológicos de varón y mujer (entendidos en el contexto de la capacidad reproductiva), como son los cromosomas sexuales, las gónadas, las hormonas sexuales y los genitales internos y externos” (American Psychiatric Association, 2014, p. 451); y manifiestan la necesidad de introducir el término género para los sujetos con “indicadores biológicos de sexo ambiguos o en conflicto (p. Ej., “intersexual”)” (American Psychiatric Association, 2014, p. 451).

La American Psychiatric Association declara que el rol social y la identificación como varón o mujer puede no coincidir con los indicadores biológicos. “Sin embargo, a diferencia de algunas teorías constructivistas sociales, se considera que los factores biológicos son los que contribuyen, en interacción con los factores sociales y psicológicos, al desarrollo de género. La asignación de género se refiere a la identificación inicial del individuo como varón o mujer” (American Psychiatric Association, 2014, p. 451). De modo se dejan de llamar Trastornos de la identidad sexual como en el DSMIV de 1994, y se genera el término Disforia de género, refiriéndose “a la insatisfacción afectiva/cognitiva de un sujeto con el género asignado” (American Psychiatric Association, 2014, p. 451).

El documento más reconocido en diagnostico en psicología y psiquiatría declara que el género está directamente asociado al sexo, es decir que los roles deben pertenecer a la parte biológica. En el diagnóstico de adolescentes y adultos se habla de fuertes deseos por desprenderse de las propias características, y tener las del género opuesto. Sin embargo,   en este año 2013, vuelven a declarar como síntomas que los niños quieran usar ropa femenina, las niñas ropas “masculinas”; rechazo a los juguetes de su género y búsqueda de los juguetes del género opuesto; así como “un marcado disgusto por la propia anatomía sexual” (American Psychiatric Association, 2014, p. 452). Aunque también se habla del diagnóstico diferencial de la mera inconformidad de los roles sexuales, desafortunadamente existe una contradicción al dar tanta fuerza a lo biológico y queda a criterio del psicólogo o psiquiatra, distinguir entre el disgusto por la anatomía sexual, o inconformidad de roles, con el hecho de que juegue con los juguetes del género opuesto y poco a poco se va divulgando una diferencia clara entre géneros absoluta y categóricamente dependiente de la biología. Cada vez más las investigaciones psicológicas y la APA se distancian, demostrando sus hallazgos en investigaciones la primera, y dando peso a la biología conservadora la segunda.

Lo que he buscado deconstruir en este apartado, es el tanto tiempo que llevamos mezclando lo biológico con lo cultural, de tal manera que podemos no distinguir cual es cual. Hemos obviado que los hombres deben ser masculinos y que las mujeres deben ser femeninas, y hemos fijado las características y roles en cada uno, de una manera completamente arbitraria, más social y cultural que biológica. “Que la diferencia biológica, cualquiera que ésta sea (anatómica, bioquímica, etcétera), se interprete culturalmente como una diferencia sustantiva que marcará el destino de las personas con una moral diferenciada es el problema…” (Lamas, 2013, p. 102).

Si por siglos, médicos, filósofos, biólogos, teólogos, sociobiólogos, psicólogos, entre otros, argumentaron a favor de la ‘diferencia’ (a veces específica) que divide los sexos, la variabilidad, los cambios y el estrechamiento actual de esa brecha entre el binarismo exclusivo y excluyente, deja al descubierto que nada en los seres humanos es meramente biológico… (Femenías, 2015, p. 165)

 

Género Binario

Además de la fuerte relación entre sexo y género, me gustaría seguir reflexionando acerca de que cuando hablamos de género y sexo, tenemos una perspectiva dual, es decir, que ambos, sexo y género son binarios. Hay sólo dos sexos: hombre y mujer. Hay sólo dos géneros: masculino y femenino. El problema con las dicotomías es que son exclusivas y excluyentes, es decir, condicionan a una suficiencia dicotómica externa anatómica (órgano reproductor) y una femineidad y masculinidad normativas social y culturalmente.

Varios autores concluyen que la razón de dicho binario es la reproducción sexual. (Weeks, 1998), (Foucault, 2009a) (Beauvoir, 2009). “Machos y hembras son dos tipos de individuos que en el interior de una especie se diferencian con respecto a la reproducción; sólo es posible definirlos en correlación” (de Beauvoir, 2008, p. 68).Tanto el sexo y género se definieron y clasificaron a lo largo del tiempo con la atención puesta en un único objetivo: reproducirnos como especie. La filósofa, bióloga especializada en estudios de género, Anne Fausto Sterling (1944) es reconocida por una propuesta firme que declara que la humanidad ha generado diversos mitos en torno a la reproducción que afectan directamente a las identidades de sexo y género. Con esta base, se generaron “un conjunto de creencias (Sterling las denomina ‘mitos’) de tipo conservador y claramente patriarcal que sostiene que i) los sexos son dos y sólo dos: varón y mujer; ii) las relaciones sexuales tienen como fin la procreación y sólo la procreación…” (Femenías, 2015, p. 165).

Existen hoy en día definiciones más amplias que buscan romper esta dicotomía: “Sexo es la serie de características físicas determinadas genéticamente, que colocan a los individuos de una especie en algún punto del continuo que tiene como extremos a los individuos reproductivamente complementarios” (Alvarez-Gayou, 2010a). Cuando hablamos de continuo asumimos que podemos incluir más de los extremos, como los intersexuales por ejemplo, (antes llamados hermafroditas). Los seres humanos tenemos 46 cromosomas, de los cuales dos son sexuales, en las mujeres xx y en los hombres xy. Sin embargo existen casos en que existen xxY, x, xxx, o xyy, estos son vistos como una degeneración desde el punto de vista binario. Si nuestra verdad como humanidad fuera otra, podría verse como una evolución por ejemplo; y como hemos decidido que el sistema será binario, entonces se les busca encajar, incluso operar para que queden o como masculinos o como femeninos. “En este caso se argumenta que los niños nacidos con unas características sexuales primarias irregulares tienen que ser «corregidos» para encajar, para sentirse más cómodos y para conseguir la normalidad” (Butler J. , 2006, p. 84)

En la Grecia antigua, donde no existía la homosexualidad o la heterosexualidad como tal, y las identidades y preferencias eran vistas de manera normal, se genera esta historia: en el Banquete, Platón (ca. 428 a.e.c. – 347 a.e.c.) escribió en palabras de Fedro: “no conozco mayor ventaja para un joven, que tener un amante virtuoso; ni para un amante, que el de amar un objeto virtuoso” (Platón, 2009, p. 115), Para los griegos por ejemplo, no existía la percepción de homosexual y heterosexual, ya que el gusto por la belleza era bien vista sin importar sexo y género. “Tener costumbres relajadas era no saber resistirse a las mujeres ni a los muchachos, sin que lo uno fuera más grave que lo otro” (Foucault, Historia de la sexualidad, 2009, p. 172). En los Diálogos platónicos hay un pasaje que habla sobre tres tipos de parejas: hombre-mujer, dos hombres, y dos mujeres. En voz de Aristófanes, Platón cuenta la historia de lo que hoy conocemos como “la media naranja”: en un principio los seres que existían eran redondos con dos cabezas y ocho extremidades, miraban hacia los dos lados y se movían dando vueltas. Tenían sus sexos hacia abajo y se reproducían tirando líquido hacia la tierra de donde salían nuevos seres; los había de tres tipos: los que eran de dos sexos masculinos, los de dos sexos femeninos y los de sexo masculino y femenino. Éstos seres tuvieron la atrevida ocurrencia de escalar al cielo y combatir a los dioses. Zeus quiso dividir su fuerza sin matarlos, para que le siguieran sirviendo y los dividió en dos y puso sus sexos al frente. Además castigó a los hombres que buscaban relacionarse con otros hombres, ya que la unión de dos virilidades podría dar como resultado nuevos seres con una mayor fuerza que pudieran atentar de nuevo contra su reino. De este modo sólo hombre y mujer se podían reproducir, haciendo que la humanidad se redujera y fuera más débil. Desde entonces todos buscan su otra mitad: los hombres que tenían otra mitad hombre buscan hombres y las mujeres que tenían su otra mitad mujer buscan mujeres; los que tenían otra mitad del otro sexo buscan este tipo de pareja. (Platón, 2009, p. 508).

Simone de Beauvoir (1908-1986), filósofa francesa feminista, enunció en su libro El segundo sexo, el libro feminista más importante del siglo XX y que nutrió el feminismo del mismo siglo; que la división de las especies en dos sexos no es un hecho universal en la naturaleza, ya que existen organismos unicelulares (cuya reproducción está diferenciada de la sexualidad, pues las células se dividen y subdividen solitariamente), la esquizogénesis (reproducción de las células por división del individuo que es asexuado), la blastogénesis (reproducción asexual por gemación), la partenogéneis (una célula reproductora se desarrolla hasta formar un nuevo individuo sin fecundación). (Beauvoir, 2009)

La biología da fe de la división de los sexos, pero por mucho que se apele al finalismo, no es posible deducirla, ni de la estructura de la célula, ni de las leyes de la multiplicación celular, ni de ningún fenómeno elemental. La existencia de gametos heterogéneos no basta para definir dos sexos diferenciados; en realidad, es muy corriente que la diferenciación de las células generadoras no conlleve a la escisión de la especie en dos tipos: ambas pueden pertenecer a un mismo individuo. Es el caso de las especies hermafroditas (Beauvoir, 2009, p. 68)

Lo que Simone de Beauvoir sostiene es que, aunque algunos biólogos determinan la diferenciación de los sexos como un asunto de evolución de especies, estas teorías son discutibles. “Todo lo que podemos afirmar con seguridad es que estos dos sistemas de reproducción coexisten en la naturaleza, que uno y otro se ocupan de la perpetuación de las especies” (Beauvoir, 2009, p. 69), y no hay manera de demostrar que el que los seres humanos nos reproduzcamos de esta manera, sea una mera variación azarosa pues es un hecho irreductible y contingente. De la misma manera, podríamos seguir evolucionando hacia otro tipo de reproducción, como el hermafroditismo o una reproducción asexuada. “¿por qué no se lleva a cabo la reproducción humana mediante la partenogénesis, como sucede con algunas criaturas primitivas? ¿y por qué hay dos sexos y no tres o cuatro o cinco? “Para ser totalmente honestos […] nadie lo sabe.” (Weeks, 1998, p. 51).

Estas ideas generaron un cambio del feminismo que buscaba equiparación de derechos civiles y políticos, a un feminismo del siglo XIX y principios del XX que aboga la completa igualdad funcional, argumentando que no existen de manera natural las diferencias biológicas entre los sexos como se han visto anteriormente; sino es un proceso de socialización arbitrario que debe ser combatido.

Los argumentos de la sociobiología son conservadores respecto a los orígenes biológicos, y no son concluyentes. (Weeks, 1998, p. 52). A pesar de que hay información y debates amplios, sobre todo entre feministas sobre la dualidad sexual, no es mi interés discutir el sexo binario, pero sí el género binario. Y reflexionar en que, si es posible poner en duda que lo natural sean sólo dos sexos; con mayor razón podemos deconstruir la idea de que sólo haya dos géneros. El problema de esta dualidad dada como natural, es que nos limita como seres humanos, ya que sólo tenemos dos opciones dentro de las cuales nos debemos colocar, y con el tiempo nos acostumbramos a vernos de manera dual. Si a esto sumamos la rigidez que hemos establecido en los roles de género, tendremos como consecuencia que, si alguno de nosotros hace algo que sale de su sexo o género, será inmediatamente clasificado en el otro extremo de la dualidad, que dará como resultado otra discriminación como por ejemplo, mujeres masculinas y hombres femeninos.

Tenemos por un lado mujeres sensibles, delicadas, dóciles, emocionales, prudentes, sumisas; y hombres sin emocionalidad, prácticos, valientes, competitivos, tenaces, inteligentes, fuertes. Si las mujeres llegaran a tener características que clasificamos positivamente como masculinas, entonces serán vistas como: histéricas, nerviosas, volubles, tercas, agresivas, egoístas, caprichosas. Y de la misma manera los hombres que tengan características que hemos clasificado como femeninas, serán hombres débiles, afeminados, cobardes, emocionales, temperamentales, etc. Es decir las mismas características puedes ser altamente valoradas en un género y despreciadas en el otro. “Un hombre puede ser masculino, o no, pero no deja de ser hombre; y una mujer, por masculina que sea, no deja de ser mujer” (Castañeda, 2014, p. 131). De este modo nuestra identidad se ve coartada y tenemos vigilantes en la sociedad que nos aprisionan. Si yo soy una persona con carácter fuerte, al ser mujer seré catalogada como agresiva, comprenderé que esto es malo, seré rechazada y estaré en un dilema constante entre ser yo misma con los costos sociales, o esconder esa capacidad. “Si con esta misma fortaleza, hubiera tenido la fortuna de ser hombre, entonces sería visto como alguien fuerte, un líder. De la misma manera, los hombres no pueden mostrar sus características “femeninas”. La idea de la masculinidad descansa en la necesaria represión de los aspectos femeninos” (Scott, 1990, p. 41). Jeffrey Weeks argumenta que definir la naturaleza humana por promedios es una tiranía: ¿Y qué pasa con aquellos que no encajan con exactitud?

Podríamos decir que ese feminismo radical sentó bases para la lucha de grupos activistas de la llamada diversidad sexual: LGBTTTIQ (Lesbianas, Homosexuales, Bisexuales, Transexuales, Transgénero, Trasvestis, Intersexuales Queer,). Las 3 primeras LGB tienen que ver con orientación sexual o preferencia genérica (sentirse atraído hacia manifestaciones masculinas, femeninas o ambos); las siguientes dos, TT con la identidad de género (sentirse masculino o femenino); la siguiente T con expresión de género (manifestarse, vestirse como masculino o femenino, independientemente de la identidad); la Intersexualidad corresponde a una condición biológica; y Queer personas que no se sienten identificadas con las categorías anteriores. (Siles V. & Delgado B., 2014) (COPRED, 2018)

Estas minorías tuvieron mayor protagonismo a partir de los años setenta que algunos autores llaman revolución de género (Siles V. & Delgado B., 2014). “Al desvincular radicalmente los actos sexuales de la procreación, y al considerar la sexualidad como una construcción cultural infinitamente moldeable –y no como algo inherente, […] a la condición humana–, la heterosexualidad tiende a perder su justificación” (Siles V. & Delgado B., 2014, p. 6) Pero como nuestro sistema se sigue manteniendo dual, este abanico de posibilidades ha quedado clasificado como “desviaciones” del mismo sistema, y que “los llamados liberales intentan aceptar como prueba de inclusividad” (Wilber & deVos, 2019).

Además es un hecho, que con el paso del tiempo vemos que estas siglas van en aumento, lo que nos muestra que, aunque intentamos abrirnos, seguimos clasificando de manera rígida y seguirán saliendo individuos que no encajen exactamente. Bisexual por ejemplo no representa un fluido o continuo entre los extremos, sino algo fijo, popularmente se dice que les tienen que gustar ambos, y no se comprende que a veces le pueden gustar las mujeres y a veces los hombres, que esto puede ser por etapas de largos años y no necesita de ambos; sin embargo depende de cada persona, lo que pasa es que distintas maneras las clasificamos todas como bisexuales.

Otra consecuencia que puede entenderse como natural de este proceso es lo que Teresa de lauretis (1938), una teórica feminista, acuñó como “queer” en 1990 con el interés de romper la epistemología LGBT. La teoría queer sostiene que el género y sexo no son parte de la naturaleza humana, sino que son construcciones sociales que varían en cada cultura. Rechaza las categorías universales y fijas de hombre, mujer; así como la heteronormatividad. Hoy en día el movimiento queer está integrado por personas que no se sienten representadas por categorías como homosexual, gay, lesbiana, o bisexual, ya que las identifican rígidas. Queer en un principio fue utilizado de manera despectiva con las mismas clasificaciones como “raros” o “retorcidos” que denotan la anormalidad (COPRED, 2018), sin embargo hoy en día a partir de Teresa de Lauretis fue resignificado positivamente.

“Queer trasciende los dominios de clase, raza, género y sexualidad y, por lo tanto, me conecta con aquellos que pueden definirse a sí mismos de manera diferente en términos de sexualidad, género o raza; pero que están unidos en nuestro rechazo a los discursos opresivos heterosexistas, sexistas y racistas” (Butler C. , 2010)

Judith Butler (1956) filósofa post-estructuralista sobre política y ética, quizá la teórica feminista más influyente e importante hoy en día, recalca que si hablamos de cosas como transgénero, “«género en disputa o problematización del género» (gender trouble) o la «mezcla de géneros» (gender blending), […] o «cruce de géneros» (cross-gender), estamos ya sugiriendo que el género tiene una forma de desplazarse más allá del binario naturalizado.” (Butler J. , 2006, p. 70). Algunos términos para referir distintas maneras de experimentar el género, de otro modo, si insistimos en el género binario reducimos sus posibles alteraciones.

¿se nace o se aprende?

¿Qué es, entonces, la verdad? Un ejército fluctuante de metáforas, metonimias, antropomorfismos […] que después de largo uso le parecen a un pueblo ser algo estable, canónico e imperativo; las verdades son ilusiones, aunque hayamos olvidado que lo son.

Friedrich Nietzsche

Después de deconstruir que el género está ligado al sexo, y deconstruirlo como un sistema dual que da como consecuencia rigidez y visión de “natural” y biológico al género, surge el siguiente cuestionamiento: el sexo y el género es algo con lo que nacemos o es algo aprendido.

El género “delimita qué valores, conductas y expectativas deben ser propias de los hombres y cuáles propias de las mujeres” (Emakunde-Instituto Vasco de la mujer, 2008, p. 21). Aprendemos a ser niño o niña, aprendemos cómo ser hombre o mujer. Desde antes del nacimiento nos eligen colores y decoraciones específicas, al nacer, siendo bebés se nos viste de una determinada manera, si somos niñas nos ponen aretes y un moñito en la cabeza. Después la familia, la escuela, la religión y la sociedad nos siguen mostrando rasgos que delimitarán nuestra identidad personal, cosa sumamente importante, pues desde ahí nos definiremos el resto de nuestra vida. Y por otro lado, y no menos importante, rige nuestra capacidad de integrarnos y ser aceptados socialmente, cosa que de no ser lograda puede afectar seriamente nuestra salud psicológica. “A este proceso de interiorizar, comprender y aceptar las normas y valores colectivos que rigen la convivencia, le llamamos socialización […] se premia a quienes cumplen las normas establecidas y se castiga o excluye a quienes no lo hacen” (Emakunde-Instituto Vasco de la mujer, 2008, p. 21).

A los varones […] se les niegan, poco a poco, besos y caricias; en cuanto a la niña continúan mimándola, […] el padre la toma en sus rodillas, […] la visten con ropas suaves, son indulgentes con sus lágrimas y caprichos, la peinan con esmero, divierten sus gestos y coqueterías […]; al niño, en cambio, se le va a prohibir incluso la coquetería. […] Pero es falso pretender que se trata de una circunstancia biológica; en realidad, se trata de un destino qu ele ha sido impuesto por sus educadores y por la sociedad. […] el niño se enorgullece tanto de sus músculos como de su sexo a través de juegos, deportes, luchas, desafíos y pruebas; […] por el contrario a la mujer se le enseña a agradar y ser delicada. (Beauvoir, 2009, p. 210)

La antropóloga Margaret Mead (1901-1978), en 1935 puso en entredicho la visión sexista biologista y señaló los contextos socioculturales, una idea revolucionaria en su momento (Lamas, 2013). Más adelante Simone de Beauvoir dio un paso decisivo al respecto al enunciar cosas como su frase más famosa: mujer no se nace, se hace. “No se nace mujer: se llega a serlo. Ningún destino biológico, psíquico, económico, define la imagen que reviste en el seno de la sociedad la hembra humana; es el conjunto de la civilización el que elabora ese producto […] al que se califica de femenino” (Beauvoir, 2009, p. 371). De Beauvoir explicó desde la filosofía existencial, siguiendo a Heidegger (1889-1976), Sartre (1905-1980) y Merleau-Ponty (1908-1961), que aunque el cuerpo es indispensable para la existencia humana y, según este cuerpo será nuestra percepción del mundo, no es indispensable que dicho cuerpo tenga una estructura particular. El que uno de los sexos deba ser activo y el otro pasivo, por ejemplo, fue debatido cuando se descubrió que el óvulo tiene un papel altamente activo. “Lo importante es destacar que […] ninguno de los gametos tiene prioridad sobre el otro […] fundamentalmente el papel de ambos gametos es idéntico: crean juntos un ser vivo en el que ambos se pierden y se superan” (Beauvoir, 2009, p. 74 y 76).

Es cierto que tenemos características físicas distintas: el hombre es más alto, tiene mayor fuerza muscular, tiene mejor capacidad respiratoria, su pulso late más lento, tiene un metabolismo de calcio estable, etc.; la mujer es más curveada y tiene más grasa para ayudar a la gestación y el parto, es menos pesada, su esqueleto es más fino, fija mucho menos las sales del calcio y las elimina durante las reglas y el embarazo, etc. “Sería un atrevimiento deducir de esta evidencia que el lugar de la mujer es el hogar; pero hay gente muy atrevida” (Beauvoir, 2009, p. 77). La biología nos define, pero no nos determina, y los roles generados tienen más que ver con que, como decía el filósofo fenomenólogo francés Merleau-Ponty “el hombre no [sólo] es una especie natural: es una idea histórica” (Beauvoir, 2009, p. 96), es decir que está insertado en determinada cultura. Tenemos un cuerpo con unas características determinadas, pero, siguiendo a filósofos existenciales, el cuerpo no es un objeto, sino una situación determinada por la cultura, y las costumbres culturales no se deducen de la biología. “Estos elementos biológicos son de enorme importancia […] Sin embargo, lo que rechazamos es la idea de que constituyan […] un destino predeterminado” (Beauvoir, 2009, p. 94 y 95).

Los filósofos existenciales ayudan a comprender que es la existencia la que nos determina a percibir el mundo de tal o cual manera. Mientras los representantes de la ilustración hablaban de una naturaleza humana (esencia) que se encuentra en todos los hombres “sujetos a la misma definición y [que] poseen las mismas cualidades básicas” que precede a nuestra existencia (Sartre j.-P. , 2009, p. 30); lo que los existencialistas tienen en común es “simplemente el hecho de considerar que la existencia precede a la esencia, o, si se prefiere, que hay que partir de la subjetividad” (Sartre j.-P. , 2009, p. 27). La esencia tiene que ver con las características y la función, la esencia de una silla es que tiene 4 patas que la mantienen en pie y sirve para sentarnos. Si la cortáramos para usar el asiento y respaldos de estantes, ya no sería una silla, sería otra cosa. Esa esencia además, está antes de la existencia de una silla, antes de construirla ya sabemos de ella, y para que exista, vamos a buscar que cumpla esa definición. El existencialismo se separa de la ilustración diciendo que eso aplica al mundo de las cosas, pero no a los humanos. Los humanos actuamos de determinada manera, y según ese comportamiento vamos generando nuestra esencia. Yo no soy esencialmente generosa y por eso me comporto generosamente, si pienso que ser generosa es mi esencia y un día no lo soy, entonces diré que no sé qué pasó, que así no soy yo, quitándome responsabilidad. Para los existencialistas la libertad y responsabilidad son las únicas esencias del ser humano y según como esté existiendo, será mi identidad. Si me comporto generosamente, seré generosa y si no, pues no. Si siempre lo soy, comenzaré a generar un patrón, una esencia generosa, que romperé el día que no lo ejerza. “Pero la libertad no tiene esencia […] de ella debería decirse lo que dice Heidegger del Dasein en general: ‘En ella la existencia precede y determina a la esencia’. La libertad se hace acto…”. (Sartre J.-P. , 1998, p. 543).

Las mujeres pueden cargar menos peso que los hombres, por características físicas que son parte de la esencia, y eso no las convierte en esencialmente más débiles para afrontar la vida, eso ya queda en la libertad del comportamiento que puede generar un patrón, pero no precede al acto. Los hombres pueden ser más fuertes que las mujeres y eso no los delimita esencialmente a sentir la vulnerabilidad y debilidad ante ciertas situaciones. “Son necesarias referencias existenciales, económicas y morales para definir concretamente la noción de debilidad” (Beauvoir, 2009, p. 97), no es que las mujeres somos esencialmente débiles, mientras los hombres son esencialmente fuertes. Si lo vemos como una característica esencial, entonces cuando un hombre es débil lo acusamos de ser femenino, y cuando una mujer es fuerte la discriminamos por masculina. Partiendo de la filosofía existencial puede que haya esencia de la mujer y del hombre en lo biológico, pero eso no determina una esencia femenina ni masculina, hay una existencia determinada por la historia y la cultura que nos genera una sensación de esencia.

No quiero negar la importancia de la biología. La fisiología y la morfología del cuerpo proporcionan las condiciones previas para la sexualidad humana. La biología condiciona y limita lo que es posible. […] No podemos reducir la conducta humana al funcionamiento misterioso del ADN o […] los cromosomas. Prefiero ver en la biología una serie de potenciales que se transforman y adquieren significado sólo en las relaciones sociales (Weeks, 1998, p. 29)

Teresa de Lauretis (1938) es una teórica feminista con importantes contribuciones a los estudios de género. Afirma también que “El sistema sexo-género, en suma, es tanto una construcción sociocultural como un aparato semiótico, un sistema de representación que asigna significado (identidad, valor, prestigio, ubicación en la jerarquía social, etc.) a los individuos en la sociedad” (de Lauretis, 1989, p. 11).

Podríamos decir entonces que, como la sexualidad, el género no es una propiedad de los cuerpos o algo originalmente existente en los seres humanos, sino el conjunto de efectos producidos en los cuerpos, los comportamientos y las relaciones sociales, en palabras de Foucault, por el despliegue de una tecnología política compleja. Pero debe decirse ante todo […], que pensar al género como el producto y el proceso de un conjunto de tecnologías sociales, de aparatos tecno-sociales o bio-médicos es, ya, haber ido mas allá de Foucault, porque su comprensión crítica de la tecnología del sexo no tuvo en cuenta la instanciación diferencial de los sujetos femeninos y masculinos, y al ignorar las conflictivas investiduras de varones y mujeres en los discursos y las prácticas de la sexualidad, la teoría de Foucault, de hecho, excluye, si bien no impide, la consideración del género. (de Lauretis, 1989, p. 8)

De Lauretis advierte que el género es una representación con implicaciones concretas que se construyen por la cultura occidental. Como las representaciones de género implican una posición social que conlleva un significado, entonces representarse o ser representado como hombre o mujer implica asumir dichos significados y “la construcción del género es tanto el producto como el proceso de su representación” (de Lauretis, 1989, p. 11). “La construcción de género prosigue hoy a través de varias tecnologías de género (por ejemplo, el cine) y de discursos institucionales (por ejemplo, teorías) con poder para controlar el campo de significación social y entonces producir, promover e “implantar” representaciones de género” (de Lauretis, 1989, p. 25)

Lo que hemos generado son estereotipos de ser mujer y ser hombre. El estereotipo era esta “plancha utilizada […] para reproducir una composición tipográfica, que consiste en oprimir […] una lámina […] que sirve de molde….” (Real Academia Española, 2017), y terminó siendo una “imagen o idea aceptada comúnmente por un grupo o sociedad con carácter inmutable” (Real Academia Española, 2017). Es un molde inmutable que se repite en el ser hombre y ser mujer. Se debe seguir un molde. “La adquisición de la identidad de género es similar a la de cualquier otra conducta. A través de […] observación, imitación y reforzamiento diferencial, niños y niñas aprenden a comportarse de acuerdo con el grupo social en el que se incluyen” (Cala Carrillo & Barberá Heredia, 2009, p. 95)

Se petrifican ciertas características que definen el género de tal manera que llegamos a considerarlas naturales. Incluso el erotismo está dividido por géneros, los hombres no pueden seducir igual que seducen las mujeres o serán tachados de femeninos. “La vida cotidiana está estructurada sobre las normas de género y el desempeño de cada uno, depende de su comportamiento y del manejo de esa normatividad” (Lagarde, 1996, p. 16)

Los sociobiologistas, por ejemplo, sugieren que nuestra historia evolutiva afecta profundamente nuestras relaciones personales más íntimas. La sexualidad natural del hombre lo envía en busca de muchas parejas sexuales, haciéndolo como un compañero inestable en el mejor de los casos, mientras que los orígenes biológicos de la mujer la destinan a mantener el fuego en el hogar. La batalla entre las sesiones es antigua, su origen se esconde en lo más profundo de nuestros genes. (Fausto-Sterling, 1992)

Debatiendo esto, Judith Butler afirma que el género es performativo, (Butler J. , 2006) (Butler J. , 2007) concepto propuesto por el filosofo del lenguaje J.L. Austin (1911-1960) que lo definía como “realizativo”. “Para Austin, la performatividad se da cuando en un acto del habla o de comunicación no solo se usa la palabra sino que ésta implica forzosamente a la par una acción” (Subtramas). A finales de los años setenta, el filósofo postestructuralista creador de la deconstrucción[1], Jaques Derrida (1930-2004), “apuntó cómo los actos del habla performativos no son ejercicios libres y únicos, expresión de la voluntad individual de una persona, sino que más bien son acciones repetidas y reconocidas por la tradición o por convención social” (Subtramas). A principios de los años noventa, Judith Butler retoma a Austin y Derrida, formulando su teoría sobre performatividad en el género, argumentando que son una construcción social y cultural en lugar de una esencia. “Para que algo sea performativo tiene que producir una serie de efectos. Actuamos, caminamos, hablamos, de maneras que consolidan la impresión de ser un hombre o una mujer […] ” (Butler J. ) Es decir que el género se va construyendo en la práctica, aunque actuamos como si ser hombre o mujer fuera una realidad interna. Además, como diría Foucault, como sociedad vigilamos, o incluso discriminamos tratando de mantenernos en el lugar “correcto”. “Cuando nace un bebé, decimos ‘es una niña’, pero no se está constatando un hecho natural y esencial sino que se está asignando un rol cultural que hace que, desde ese momento, ese ser que acaba de nacer sea considerado una ‘niña’” (Subtramas).

La propuesta de Butler es que el género es fluído, múltiple y variable. Simone de Beauvoir, basada en la filosofía existencial que acabamos de mencionar, ya había dicho que si una mujer está con una mujer, en ese momento es homosexual, pero si mañana esta misma mujer está con un hombre, en ese momento es heterosexual. Y aclara que sólo es por una necesidad del ser humano de clasificarnos y tener todo claro, que nos pedimos definirnos como heterosexuales, homosexuales o bisexuales; incomodándonos con el movimiento. Estas ideas que Simone plasma en el segundo sexo se terminan de afianzar en el siglo XXI con lo que Butler llama el género fluido.

Monique Wittig (1935-2003) escritora y teórica feminista francesa hizo una amplia crítica al sexo “binario”, así como “heterosexual”, señalando que dicha categoría nos coloca en la obligación de la reproducción. Las propuestas de Wittig se adieren al materialismo francés, que afirma que las ideas y categorías son culturales, es decir construidas por la sociedad y de ninguna manera son neutrales. Esta teórica señaló que incluso la categoría de sexo es social y no natural ni biológica. “La ideología de la diferencia sexual opera en nuestra cultura como una censura, en la medida en que oculta la oposición que existe en el plano social entre los hombres y las mujeres poniendo a la naturaleza como su causa” (Wittig, 2006, p. 22)

La creencia en un derecho materno y en una «prehistoria» en la que las mujeres habrían creado la civilización (a causa de una predisposición biológica), mientras que el hombre brutal y tosco se limitaría a ir de caza (a causa de una predisposición biológica), es simétrica a la interpretación biologizante de la historia que ha sido hecha, hasta hoy, por la clase de los hombres. Es el mismo método que consiste en buscar en los hombres y en las mujeres una razón biológica para explicar su división, excluyendo los hechos sociales. (Wittig, 2006, p. 32)

Butler retoma las críticas de Monique Wittig, reafirmando que “la categoría de sexo no tiene existencia a priori y per se” (Femenías, 2015, p. 21) y va más allá proponiendo que entonces se debe romper la distinción entre sexo y género ya que las diferencias anatómicas no son anteriores a las interpretaciones culturales. “El género es el aparato a través del cual tiene lugar la producción y la normalización de lo masculino y lo femenino junto con las formas intersticiales hormonales, cromosómicas, psíquicas y performativas que el género asume” (Butler J. , Deshacer el género, 2006, p. 70)

Diversidad

El género comprende símbolos culturales, pero también mitos y normas. (Scott, 1990)

Es un hecho que los seres humanos necesitamos clasificar, es decir generar conceptos y definiciones de todo, para poder comprender nuestra experiencia del mundo. El problema de utilizar un concepto (idea expresada con palabras), y/o de definir una situación o fenómeno (fijar y enunciar con claridad y exactitud el significado); es que, aunque el ser humano puede experimentar una sola experiencia de muchas maneras, se fija en concepciones y clasificaciones rígidas, que si no son cumplidas se vuelven a clasificar como “desviaciones”, “rarezas”, “anormalidades”

En La genealogía de la moral Nietzsche (1844-1900) se opuso al carácter absoluto de los valores, abriendo la posibilidad de que las cosas sean distintas a como se cree que son o como se piensa que deben ser. Tomando el ejemplo de cómo en la Roma antigua lo ‘bueno’ era ser de rango superior, noble y poderoso; y lo ‘malo’ era ser vulgar (perteneciente al vulgo) y de bajo rango; y en cambio, en la Edad Media, la religión cristiana –con afán de dar consuelo a los desvalidos–, convirtió al rico en ‘malo’ y al pobre en ‘bueno’; demostró que el acto de valorar se rige según las costumbres de determinada cultura (Nietzsche, 2009).

En cuanto a la cuestión de género, analizando desde Nietzsche, podemos notar que actualmente hemos definido que estar claros y llevar a cabo los roles específicos de hombre o mujer, según nuestro sexo es “normal”, “bueno” e incluso “sano”, en cambio ser diferente, mezclar estos roles, o estar “indefinido” es “anormal” “malo”, “desviado” e incluso “enfermo”, “perverso” “antinatural” y se debe “curar”, “rectificar”, “corregir”. El sexo y género por tanto son una dicotomía considerada “normal” y “natural” y considera que “el sexo anatómico externo, con el que a primera vista y al nacer, se clasifica a casi todos los seres humanos se considera necesario y suficiente para tal distinción” (Femenías, 2015, p. 165). Una de las muestras de esta perspectiva, es que cuando nace alguien con una indefinición anatómica, se le corrige quirúrgicamente para que entre en alguno de los dos. Sin embargo, socialmente también tenemos muchas actitudes sobre las que no reflexionamos donde estamos vigilando y castigando actitudes que tachamos.

Otro pensador cuyas reflexiones lo llevaron a luchar contra la tendencia humana de generar definiciones y clasificaciones rígidas fue Michel Foucault (1926-1984), historiador de las ideas y filósofo francés. Él mismo fue llevado ante psiquiatras a los veinte años por intento de suicidio y por su atracción sexual hacia los hombres (la homosexualidad era considerada una enfermedad en esa época). Su experiencia lo llevó a sospechar que quizá los psiquiatras hacían algo más que ayudar a los enfermos mentales, tal vez actuaban como una especie de policía de lo permitido y lo prohibido en la sociedad. Se ocupó de las relaciones entre el saber y el poder notando que hay horarios, medidas de vigilancia, exámenes, archivos y muchas otras estrategias con de las cuales el poder y el saber se vinculan, y que las ciencias como la psiquiatría, psicología, medicina, criminología, y sociología, se han asegurado de que haya jueces por todas partes. Las instituciones que representan a estas ciencias son el psiquiátrico, el hospital, la prisión y la escuela, por mencionar sólo las más importantes. Para Foucault el hombre se convierte en el objeto/efecto de esta observación/dominación y con el paso del tiempo, la costumbre y los hábitos hacen que dicha dominación y poder se ejerzan por la cultura y la sociedad para consigo misma. Los estereotipos se cristalizan y petrifican, y terminamos creyendo que son “naturales”, es decir biológicos, corporales, deterministas y están más allá de nuestras manos, de nuestra elección, voluntad y responsabilidad. “Lo que se considera que es el género, lo que se piensa que son los hombres y las mujeres, lo que se asume como patrón de las relaciones entre hombres y mujeres son, entre otras, ideas que no reflejan simplemente ‘datos’ biológicos, ni se elaboran exclusivamente a partir de esta información; por el contrario, son en buena medida un producto de procesos sociales y culturales” (Ortner & Whitehead, 2013, p. 127).

Los sujetos anónimos viven en prisiones de las que no sólo no se dan cuenta, sino que incluso colaboran para mantener, fortalecer y embellecer sus barrotes. Muchas de las formas en que la sociedad moderna mantiene aprisionados a sus miembros es por medio de la enseñanza y divulgación de la lógica de lo normal versus lo anormal: lo normal es igual a salud, salud es igual a bueno, por lo tanto lo normal es igual a lo bueno, lo anormal es igual a enfermedad, la enfermedad es mala, y por lo tanto todo aquello considerado anormal es automáticamente entendido como malo. Sin embargo, lo anormal es todo aquello que difiere de manera significativa de la norma. Toda definición de conductas normales da cuenta de una construcción cultural y, es a partir de ella que se generan las divisiones entre los que se adhieren a las normal sociales y quienes se desvían de ellas. Desde mi punto de vista es la rigidez de roles, la rigidez de género la que debemos deconstruir para poder ser aceptados como seres humanos en este respecto. Para él, toda definición de conducta anormal da cuenta de una construcción social, y establece una división entre los que se adhieren a las normas sociales y los que se desvían de ellas. (Foucault, 2010)

Seguramente influenciado por sus lecturas de Nietzsche, Foucault fundamentó que detrás de los discursos, y en ellos mismos, actúa el poder, y muestra cómo la verdad y el saber están insertados desde siempre en estrategias de poder que los condicionan y guían. Observó que en una cultura dada el lenguaje, los esquemas perceptivos, los intercambios, las técnicas, los valores, etc., están gobernados por determinados códigos y éstos regulan la experiencia del ser humano sin que éste se percate de ello. Por esta vía llegó a la idea del episteme como la red base o el tejido que permite al pensamiento organizarse a sí mismo. (Foucault, 2010, Foucault, 2003, Foucault, 1999). Cada periodo histórico, cada cultura, tiene su propia episteme que limita la totalidad de la experiencia, el conocimiento y la verdad. Las generalizaciones de valores y verdades se sedimentan a través del tiempo, dando la impresión de veracidad, pero en realidad son simplemente discursos que varían según las diferentes épocas, comunidades, sociedades y/o contextos.

Puesto que muchos de los elementos del mundo se codifican en términos de género, esta categoría se activa tan frecuentemente que a menudo este proceso se produce de manera automática llegando a constituir una especie de lente a través del cual se crea e interpreta la información. (Bem, 1993, en Cala Carrillo & Barberá Heredia, 2009, p. 95)

Hoy en día nuestro lenguaje es androcéntrico (dando por hecho que lo que hacen los hombres, es lo que hace la humanidad), patriarcal (asumiendo autoridad al hombre), heteronormativo (asume la heterosexualidad como la única forma, o la más “normal” o “común”). De esta manera, nos hemos olvidado que el género es una construcción, y se ha llegado a ver como algo natural, no notamos que las identidades son transformadas por un proceso de socialización en mujeres y hombres, fomentando actitudes consideradas adecuadas, y reprimiendo las inadecuadas para cada uno.

La originalidad de las distintas investigaciones de Foucault, consiste en que demostró cómo las concepciones de los discursos verdaderos dependen de los distintos epistemes. Para apelar a la diversidad, podemos explorar a profundidad los discursos, para ubicarlos en el lugar y tiempo que les corresponden, no para considerarlos falsos o verdaderos, sino siempre relativos al episteme del que provienen. Cada época define sus discursos y estas definiciones pueden variar radicalmente a través del tiempo, por lo tanto, diverso es rechazar las generalizaciones, y totalizaciones, viéndolas como expresiones siempre parciales referentes solamente a cierto contexto. En Historia de la sexualidad señaló que el poder no se ejerce mediante la represión del sexo, sino con la producción discursiva de que hay una “naturaleza sexual” (Foucault, 2009a). “Se anexó la irregularidad sexual a la enfermedad mental; se definió una norma de desarrollo de la sexualidad desde la infancia hasta la vejez y se caracterizó con cuidado todos los posibles desvíos; se organizaron controles pedagógicos y curas médicas; los moralistas pero también (y sobre todo) los médicos…” (Foucault, 2009a). Tal discurso intenta organizar a la sexualidad en un afán de controlarla, se define el placer y así se domina (Foucault, 2009b). El hombre se convierte en el objeto/efecto de esta observación/dominación. Con el paso del tiempo, la costumbre y los hábitos hacen que dicha dominación y poder se ejerzan por la cultura y la sociedad para consigo misma (Foucault, 2010). Somos nosotros mismos los que castigamos discriminando a los vecinos por ejemplo. “El estado de ser ‘perverso’ o ‘pervertido’, una desviación de lo que es decoroso y correcto. […] ser ‘diverso’, referido a ‘diferencia’ o ‘desigualdad’. Ambas palabras están claramente relacionadas, dado que sugieren una distancia respecto de una estricta ‘normalidad’” (Weeks, 1998, p. 71)

“Los castigos sociales que siguen a las transgresiones de género incluyen la corrección quirúrgica de las personas intersexuales, la patologización psiquiátrica y la criminalización en diversos países […] de las personas con «disforia de género», el acoso a personas que problematizan el género en la calle o en e! trabajo, la discriminación en el empleo y la violencia” (Butler J. , 2006, p. 87).

Si tenemos deseo de aceptar la diversidad, basta con que revisemos otras culturas, o épocas distintas para ver que hay muchas maneras distintas de manifestarse como hombre o mujer. En algunas culturas todos son maternales, en otras, las mujeres son las que toman la iniciativa sexual. Otro ejemplo es la homofobia, el miedo o rechazo a la homosexualidad, que no es universal, ni instintivo, ni natural; es un fenómeno cultural (Castañeda, 2014) que tiene que ver con el discurso de poder. “Desde los años sesenta […] los hippies demostraron que no es ‘natural’ ni inevitable en los hombres tener el cabello corto. Y las mujeres aprendieron, gracias al feminismo, que no están condenadas por naturaleza a ser esposas y madres sumisas” (Castañeda, 2014, p. 149)

Si bien estamos acostumbrados a distinguir el mundo de manera dicotómica para su mejor comprensión: día-noche, bueno-malo, hombre-mujer, verdad-mentira, etc. también es cierto que dichas dicotomías no siempre son “naturales” “normales” y han sido impuestas con ciertos juicios que hoy en día pueden quedar fuera de sentido y que necesitamos deconstruir. “Dejando a un lado el problema genético, la cuestión de la naturaleza frente a la crianza, o, como a veces se expresa de manera más pesada, el determinismo biológico frente al social, sigue siendo un tema muy debatido” (Fausto-Sterling, 1992).

Como ya he mencionado, hoy en día se sigue mezclando y confundiendo el sexo con el género y por lo tanto, lo natural con lo biológico. Teóricamente sin embargo, “Uno de los triunfos legítimos de la etapa posmoderna fue el hecho de que diferenció exitosamente el concepto de “sexo” del de “género”, ofreciendo una visión mucho más sofisticada y matizada de nuestra sexualidad que la actitud de “solo hay dos géneros” (Wilber & deVos, 2019). Tenemos ya investigaciones, que han arrojado información que me interesa invitarnos a compartir para actualizar nuestras creencias y apelar a mayor diversidad. Mi propuesta es que “Necesitamos rechazar la calidad fija y permanente de la oposición binaria, lograr una historicidad y una deconstrucción genuinas de los términos de la diferencia sexual” (Scott, 1990, p. 44).

No quisiera caer, sin embargo en lo que Karl Popper llamó la “paradoja de la tolerancia” en que se tolera todo, menos los intolerantes. Por ello podemos contribuir de una segunda manera, además de proporcionar la nueva información, interesarnos y comprender cómo, quienes no son diversos y critican lo que sale de la norma, han llegado a ese lugar por la misma información que recibieron. Aquí mismo he proporcionado información de cómo la psicología, los diagnósticos, la biología, en tiempo pasado, ha afirmado lo natural. Todos esos discursos han sido escuchados por nuestra sociedad, y por ello piensa lo que piensa y actua como actúa. Para romper la noción de fijeza y reflexionar sobre la represión que genera la concepción binaria del género; podemos se tolerantes también con ellos, preguntar y comprenderlos, para después compartirles nuestro saber y pensar.

“A los liberales les gusta considerarse a sí mismos como el partido de la tolerancia y la inclusión, […] Y, sin embargo, la mayoría de los liberales […] o bien retrocedieron hacia una mentalidad de “nosotros contra ellos” excluyente y condescendiente que, al mismo tiempo […] se han vuelto tan etnocéntricos y discriminatorios como los grupos más conservadores a los que critican.” (Wilber & deVos, 2019)

 

Conclusiones

“Si la desconstrucción de género inevitablemente produce su (re)construcción, la pregunta es ¿en qué términos y en interés de quiénes es producida la de-re-construcción?” (de Lauretis, La tecnología del género, 1989, p. 32)

La mayoría de los autores utilizados argumentan con un interés ya sea feminista o contra la heterosexualidad, temas que en concreto no son el objetivo del presente, pero finalmente están aportando al mismo llamado: deconstruir el género. Podríamos afirmar que las personas afectadas son las que más se han interesado en el tema, y las que lo han desarrollado, y de cualquier manera esto es algo que nos compete y afecta a todos. Aunque seamos heterosexuales y no seamos feministas, hemos cargado con todos los estereotipos impuestos por nuestro género, lo que nos ha beneficiado en algún sentido, y también limitado en muchos otros, algunas veces sin darnos cuenta.

Mi invitación es a preguntarnos, qué es un hombre, qué es una mujer, qué es lo femenino, qué es lo masculino, cómo lo aprendimos, dónde lo llevamos a cabo, cuándo no lo llevamos a cabo; y así poder ver si podemos de alguna manera, ser más libres y aceptantes para con el otro. No he proporcionado toda esta información para convencernos de lo contrario, aunque puede parecer que estoy predicando una verdad, lo que deseo es mostrar que existen otras formas de verlo y ayudar a cuestionarnos y no dar por hecho. No deseo que los lectores nieguen de ahora en adelante la biología.

“Esta conversación tiende a deslizarse muy rápidamente de una forma de absolutismo de cuadrante (solo la biología es real) a otra forma de absolutismo de cuadrante (solo la cultura es real). Y cuando eso sucede, el género mismo se deconstruye en el olvido. Si bien está perfectamente bien aportar algo más de granularidad a las diversas categorías de atracción sexual, identidad sexual y comportamiento sexual, en el momento en que comenzamos a negar o restar importancia a cualquiera de las otras dimensiones fundamentales de nuestra sexualidad, solo combinamos la confusión y creamos más división entre nosotros” (Wilber & deVos, 2019)

Sea nuestra creencia que sexo y género son conceptos idénticos por ser consecuencia necesaria de la diferencia biológica; que el género es puramente cultural; o que el género está vinculado al sexo como expresión que cambia según tiempo y lugar. Proporciono información que quizá ya conocían, quizá ya la pensaban o quizá les soprendió y hasta incomodó; mi invitación es preguntarnos lo que quizá nunca nos habíamos preguntado.

¿qué es para nosotros sexo y qué es para nosotros género?

¿pensamos que es algo con lo que nacemos o que aprendemos?

¿cómo lo aprendimos?

¿qué de todo esto damos por hecho?

¿qué es para nosotros la diversidad?

¿deseamos contribuir de alguna manera para una sociedad más diversa?

¿cuáles creemos que pueden ser esas contribuciones?

¿a qué lugares ya no deseamos llegar?

¿cuál pensamos que será el futuro en estos temas?

No propongo que se cambie el lenguaje, sólo propongo que pensemos cómo lo obviamos y podemos exigirnos y discriminarnos.

Es un hecho que hay una diferencia biológica, pero quizá es tiempo de reajustar lo que como sociedad hemos marcado para cada uno y tener una evolución. Si la mitad o más de la población manifiestan estar en desacuerdo con los roles tal y como se han asignado, podríamos escucharlos.

Es muy variado en cada cultura, me pregunto cómo es en México o más concretamente en la Ciudad de México y sus alrededores.

Hay un peligro de que pasemos de un determinismo biológico a un determinismo cultural que esté a merced de lo social. De la misma manera corro el peligro de buscar una nueva moral.

[1] Análisis semiótico creado por Derrida que pone en duda los significados de los discursos.

 

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